“Ok, lo haremos”.
Se miraron a los ojos, ella tenía la misma pistola que él. Sus ojos reflejaban sus rostros llenos de ansiedad y miedo, una experiencia mortal se aproximaba, pero seguirían juntos por siempre. Sus bocas se acercaron lentamente y se oyeron dos disparos.
A pesar de sentir el calor líquido bajar por el vientre, no despegaron ni un segundo sus labios. Él apretó con sus dientes hasta sentir el sabor metálico y ella correspondió mordiendo su lengua, aún no había dolor, sólo calor intenso y debilidad.
La obscuridad fue llegando a sus mentes y la sensación de calor desvaneciendo. Cuando llegó la noche y la luna les regaló su luz planeada, el contraste era genial: abrazados, con expresión de placer, rodeados de rojo escarlata.