jueves, agosto 30, 2012

Mexican Frenzy: Ataque aéreo


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Me había quedado dormido y Laura dormía a mi lado acurrucada en posición fetal. Yo yacía bocarriba, el cansancio me había vencido y me dormí sin acomodarme. Cuando abrí los ojos, de nuevo me saludó el techo de mal gusto. Todos los demás estaban despiertos.

— Sabemos que se trasmite rápidamente si hay intercambio de fluidos — dijo el dogo. — Ósea que si me cojo un zombie me transformo — se burló el Gera. — No seas mamón — continuó el dogo — pero sí, si tienes relaciones sexuales, deberías de transformarte en chinga por lo que hemos visto. Pero también puede ser que el virus sea aéreo. — Pero si es así todos nos vamos a transformar eventualmente — dijo el Mireles en voz baja, su buen humor, había desaparecido. — No — interrumpió el Mike — Yo creo que el Rudo tenía una herida abierta y le cayó sangre o algo, por eso se transformó. — Puede ser — consintió el dogo. El Mireles sonrió — Eso me haría un parote.

Era posible. El rasguño en sí no había transformado al Rudo, porque en un inicio no hubo intercambio de ningún fluido. — Otra opción es que sea algo mágico — las palabras salieron de mi subconsciente, sin que las pensara primero. — No mames — renegó el dogo — ¿Lo dices en serio?, — Sí ¿por qué no? — Reviré. —jajajajajajaja — se empezó a reír el Mike y él.  —Bueno, es una posibilidad, no sabemos nada ¿no?  — los interrumpió la Neni. — Gracias — le contesté.

— ¿Qué vamos a hacer ahora? — preguntó la Neni. — Yo digo que en honor al Rudo, vayamos a la azotea a buscar el helicóptero, ¿si se acuerdan ese vato estaba aferrado? — bromeó el Gera. — Chingado Gera — dijo el Mike con una sonrisa en su cara — Nunca dices nada en serio cabrón. — Hay que seguir con el plan del dogo — dije poniéndome de pie. — ¿Qué plan? — Me preguntó Laura. Le ayudé a incorporarse y le contesté: — Ir a buscar las llaves de un carro y salir de la torre, después, hay que huir de la ciudad y luego a las islas. — ¿Siguen con eso? — Liz estaba escéptica y nos veía a todos con mala cara, había perdido sus zapatos por lo que se veía de más baja estatura de lo normal, ya que siempre llevaba zapatos de tacón. A ella nunca le pareció buena idea ir a las islas, se le hacía fantasioso pensar en eso. Quizá tenía razón, muchos años mis amigos y yo fantaseamos sobre cómo escapar de un ataque de zombies, pero la realidad es que no se podía planear nada a largo plazo. La situación era desesperada y sólo se podía luchar por continuar con vida, sin esperar mucho del futuro — Con que salgamos del edificio, luego planeamos lo que siga — dije con voz firme.

Caí en cuenta de que no había silencio absoluto, extraños ruidos provenían del techo, como si se arrastrada alguien rápido y toscamente por los plafones cerca de donde estábamos nosotros. Ese maldito techo, desde hacía tiempo tenía un mal presentimiento acerca de él. Todos miraban hacia arriba, captaron que algo anormal estaba ocurriendo. — ¿Qué fue eso? — preguntó susurrando la Denis. — Shhh… — silenció el Gera, llevándose el índice a la boca. Se escuchaba más cerca, como un costal de harina siendo pateado. — No mames — dije. — ¿Es posible…? — Era una pregunta retórica. Con un ruido que nos hizo saltar a todos… se rompieron los plafones y cayeron cuatro muertos vivientes sobre nosotros escupiendo sangre. Esquivando hábilmente, todos escapamos a las esquinas de la gran habitación. Nuestros reflejos habían mejorado en el último día y medio de sufrimiento y terror.

En el centro, pude reconocer al zombie que se mostraba más agresivos de todos, se arrastraba en el suelo con un ahínco descomunal y lanzando mordidas a nuestros pies: era el Rudo.

martes, agosto 28, 2012

Mexican Frenzy: Desesperanza



—¡A la madre, qué chingón! — dijo el Mike con una sonrisa cuando nos asomamos por el plafón. Rápidamente él y el Mireles acercaron una mesa para que pudiéramos bajar. Ellos estaban en una sala de conferencia. Era más grande que la oficina en donde nos habíamos quedado nosotros, pero igual, no tenía ninguna ventana por la cual escapar. En el salón estaban: El Mike, La Neni, Liz y el Mireles. Cuando bajamos el Mireles dijo — ¿Y el morro de lentes? ¿El Rudo? — El dogo intentó contestarle, pero su voz salió temblorosa — El Rudo... — no era necesario terminar, el Mireles entendió y movió lentamente su cabeza.

—¿Qué pasó? — preguntó la Neni. — Se convirtió en zombie después de tantas horas, el rasguño de su pierna si lo contagió, no sabemos por qué — explicó el Dogo. La Neni abrió mucho los ojos y apretó el brazo del Mike con fuerza… — ¿Qué pedo, qué pasa? — Le pregunté. El Mike volteó a ver al Mireles, se veía tristeza en su cara, después me volteo a ver a mí y los demás, dejó su mirada fija en un punto de la pared… — ¿Qué? — interrumpió el Gera. — El Mike soltó la verdad de golpe: — Al Mireles lo rasguñó un zombie en el brazo.

Todos guardamos silencio. Mireles levantó la cabeza, tenía el rostro desencajado, quería hablar pero las palabras simplemente no podían surgir de su boca. El Gera se acercó y  puso su mano en su hombro — Tranquilo wey. Vamos a ver cómo evoluciona. — Sí — prosiguió el Mike — A lo mejor no siempre funciona igual esta infección rara o lo que sea. — Además, todavía falta que salgamos que de aquí y quizá haya gente trabajando en crear alguna vacuna — continué yo para animarlo. — ¡Mungs!, eso no sucede nunca, las vacunas jamás funcionan — remató el Mireles. — Ya cálmense — intervino Liz. — Espero que estés bien, no te preocupes, aquí vamos a estar contigo Mireles —todos asentimos en silencio.

Mireles se había desesperado un poco con los comentarios, pero después se relajó. Se sentó en una esquina con la mirada perdida. Sergio Mireles había contribuido mucho a que estuviéramos vivos y tan sólo pensar en que pudiera correr la misma suerte que el Rudo…

Me recosté en el piso meditando. Me pregunté en silencio, por primera vez, qué estaba pasando. ¿Sería una infección como decía el Mike? ¿Sería una maldición, una especie de magia de sangre o acaso obra de necromancia? ¿Por qué había ocurrido en ese momento? No había respuestas. Miré hacia arriba con atención: El techo no me podía decir nada. Sólo era un techo extraño, blanco con acabados plata, era feo y de mal gusto. — Bueno, si estamos cansados y estresados no vamos a lograr nada. — dijo Mireles con voz baja. Nadie contestó, pero el comentario fue tomado como propuesta. Todos se sentaron en el suelo en silencio, cada uno con un universo en su cabeza. Pude ver en sus miradas que se hacían las mismas preguntas que yo. Todos se veían devastados. Por primera vez sentí tristeza y ganas de llorar.

miércoles, agosto 22, 2012

Mexican Frenzy: Recuerdos



Fue un verano poco lluvioso en la ciudad de México. Nos reunimos varios amigos de Hermosillo y del DF para ir a un concierto, días después, en un bar la pesadilla comenzó. Lo que parecía una velada normal en la Condesa, terminó convirtiéndose en una catástrofe que nos fue arrastrando lentamente en la desesperación, la sangre y la muerte.

¡Zombies! Por todas partes, en la calle, en los techos, en los automóviles, en cualquier rincón la muerte había decido venir y cobrarse con los vivos. Emprendimos nuestra huida, no sin antes golpear y volver a matar muertos vivientes que nos asediaban buscando un trozo de nuestra carne. Hicimos planes para escapar de la ciudad más densamente poblada del mundo, pero las cosas salieron mal. Primero decidimos parar en un supermercado para conseguir provisiones y armas, fuimos atacados pero nadie resultó gravemente herido.

Cuando teníamos un plan, se volcó nuestra camioneta en la calle Reforma y no nos quedó más remedio de correr para sobrevivir. Con algunas armas rudimentarias nos volvimos expertos en matar  lo que ya se supone que debería de estar muerto. Tuvimos que correr con todas nuestras fuerzas, el cansancio era abrumador, pero la adrenalina nos mantuvo vivos. Logramos entrar a la torre mayor después de un gran esfuerzo. Diego heroicamente ayudó a Nacho, no obstante, antes de alcanzar refugio fue mordido en una pierna. Se convirtió y Liz tuvo que matarlo.

La acción traumatizante quedó bien grabada en nuestros corazones. Algunos rieron, otros callaron y después no volvimos a tocar el tema, pero no lo olvidamos, ninguno de nosotros pudó hacerlo. Entramos a la torre mayor y tuvimos por fin un momento de paz. Cuando parecía haber esperanza, Nacho desapareció misteriosamente, no sin antes cometer un descuido grave: dejar la puerta del edificio abierta de par en par.

Acorralados, escapamos y el grupo se dividió. Mi grupo se encerró en una oficina de la torre mayor, para evitar ser devorados.

En esa pequeña oficina, tuvimos otra gran pérdida. El Rudo, que había soportado la travesía con una pierna herida por un rasguño, finalmente se había transformado. Ninguno de nosotros sabe qué fue lo qué paso. ¿Por qué después de tantas horas el Rudo se había convertido en zombie? Sobrevivimos a su ataque, pero tampoco logramos matarlo nuevamente. Escapamos subiendo por los plafones de las oficinas y dejamos atrás a lo que fue un buen amigo. Después de movernos acalorados y cansados por el techo, encontramos al resto del grupo y nuevamente estamos todos juntos.

Mike, Neni, Mireles, Laura, Dogo, Liz, Gera y yo.

Llegó la hora de seguir y vencer a la muerte antes de que nos consuma… 

miércoles, julio 11, 2012

El círculo del terror | parte 1


Nos juntamos en mi casa de México a pistear. Ya cuando eran las 12 de la madrugada, mucha gente se empezó a ir por que tenían que trabajar el otro día. ― Así son los martes 13 ― dijo Rodolfo. Era la típica peda, donde la raza que quedaba, ya estaba empezando a filosofar; algunos seguían hablando de las elecciones, que Peña Nieto está bien pendejo, qué hubo fraude, que hay que respetar al IFE, etc.

Los siete grandes que seguíamos en pie de lucha, es decir, con ganas de pistear “como si no hubiera mañana” éramos, el Dogo, el Gera, el Mike, el Rudo, la Diega, el Mireles y yo. Entonces se me ocurrió la idea “friki” de hacer un rito de invocación.  ― Déjate de mamadas, pinche payaso ― dijo el Diego, como era su costumbre de protestar ante todo. ― No, fuera de onda, está curado este rollo, miren, dice la leyenda que si se reúnen siete personas, se sientan en forma de círculo y cada uno cuenta una historia de terror, el miedo acumulado del alma humana, hace un llamado a través de varias dimensiones y  se aparece un fantasma azul. Cada uno de nosotros debe de tener una lámpara de papel azul y cuando terminemos de contar el cuento, la apagamos, así hasta que hayamos apagado las siete velas dentro de las lámparas. ― Yo digo que chale ― dijo Rodolfo. ― !Qué culones! ― dijo el Gera: ― Hay que hacer esa madre que dice el Munguía, nomás pa’ ver que pedo.

El Mike dijo que le parecía buena idea, los demás también estaban convencidos, el Mireles dijo, mirándome con los ojos entrecerrados y sonriendo levemente: ― Mungs no me digas que tienes esas pinches velas y lámparas de papel. ― Ahuevo ― dije también sonriendo. ―Pinche wey, me cae que eres bien raro ― apuntó el Rudo. ― Bueno, bueno, bueno, ya trae las pinches lámparas ― interrumpió el Gera, el parecía más entusiasmado que todos en contar una historia de terror.

Saqué las lámparas, prendimos las velas, apagué las luces y mi departamento quedó iluminado por una tétrica luz azulada. ― Ay wey ― dijo el Diego ― Si está “vergos” esto. ―Tranquilo, ¿quién empieza? ― dije. El Gera se levantó, le tomó un trago de fondo a su cheve y dijo: ― Por supuesto que yo…


Doble Ración
Hace muchos años viajé por Asia. Decidí que quería conocer lugares no visitados por nadie, así que busqué guías que me llevaran a donde nadie quería ir. En mi búsqueda me topé con una leyenda japonesa que hablaba de la isla azul, que originalmente fue creada sólo por burbujas, antes de que todas las islas del mundo pudieran haber sido creadas. Indagando, encontré un viejo pescador me afirmaba que él sabía llegar a esa isla, pero temía que no quería atracar ahí, me podía acercar lo más posible y volver por mí una semana después.

No voy a mentirles, ni tampoco a exagerarles, el viaje fue tranquilo, el mar en esa parte del mundo parece muerto. Tiene olor a algo que se mueve poco, como peces estancados en el mismo lugar. El cielo estaba completamente despejado y sin neblina, tampoco había nubes, ni aves en el cielo. A los tres días divisamos en el horizonte a la  isla, el viejo me indicó que me podía acercar un poco más, mientras su barca no tocara la tierra. Después de unas horas, descendí de la balsa, el agua me llegaba a la cintura y sentí el fresco del mar envolviendo la mitad de mi cuerpo. El viejo se veía sereno, se rascó la cabeza y me advirtió que tuviera mucho cuidado: ― la isla estaba embrujada. Me animé más, me alegré honestamente, lo que más deseaba en el mundo era encontrarme con cosas extraordinarias, la vida tiene más sentido si puedo toparme con lo fantástico. Claro, en ese momento, aún no ponía a prueba mis nervios y mi sensatez, poco sabía de lo cerca que estaba de cumplir mi ilusión. ― Está embrujada. Recuerda ver tus manos y repetir tu nombre si necesitas saber quién eres. ― Sí señor, gracias. El viejo seguía observándome, me daba la sensación de que veía a través de mí.

Me adentré a la isla y al poco tiempo descubrí una aldea. Me impresioné. La gente era muy tradicional, vestían ropa japonesa antigua, caminaban por caminos de tierra bien definidos y sus casas estaban elaboradas con madera rústica y papel. Mi sola presencia paralizó al pueblo, que estupefactos me miraron como bicho raro, asumí que era natural, ya que pocos viajeros habían pisado esa polvorienta localidad.

Salude con un movimiento de cabeza, sabía que no habría forma de comunicarme con ellos. Se acercaron a mi unos niños y un anciano, me saludaron jovialmente y empezaron a hablar en alguna variante de japonés. La gente estaba feliz con mi presencia, todos venían a saludarme y yo regresaba el saludo, hasta que por fin una anciana muy vieja y pequeña habló en un español perfecto: ― Te saludo foráneo. Te hemos esperando varios siglos, por fin se ha cumplido el designio de esta isla. Escuchar sus palabras me dejó perplejo, no esperaba escuchar nuestro idioma en lugares tan remotos… ― ¿Cómo es qué sabe español? ― la vieja soltó una carcajada y me dijo: ― He dejado de sorprenderme de las cosas que sé. Esa fue su única respuesta, así que la respeté y seguí  de pie, pensando en que algo extraño estaba a punto de ocurrir.

― Ven ― me indicó ― Esta noche festejaremos. El sol antiguo nos llama, llegas en el tiempo preciso. La bella Mitsuko te está esperando. ― No entiendo, no conozco a Mitsuko ― dije completamente desconcertado. ― Eso es lo que tú crees. Cuando la veas, la recordarás ― Fue su vaga respuesta.

Caminamos durante varios minutos a la plaza central del pueblo. La plaza estaba decorada con varias estatuas de dragones que parecían girar alrededor de algo que ineludiblemente era el sol, había varios árboles de sakura que apretujaban el ambiente de la plaza y en el centro había un largo camino que atravesaba todo el pueblo. Empezaron las danzas, la comida, la fiesta, los fuegos artificiales, las carcajadas, la celebración al antiguo sol. Me dejé llevar por la fiesta, bebí, comí, sonreía a todo el mundo, hasta bailé un poco. La comida era deliciosa, el ambiente era perfecto, las bebidas embriagantes. Era felicidad pura, la experiencia perfecta que nunca olvidaré.

De repente todo quedó en silencio. Miré a todos lados y la anciana se puso de pie y dijo unas palabras en japonés. Después me miró y dijo: ― Mitsuko se aproxima, ¿estás listo?, inmediatamente dije que sí, sin pensarlo. Todos se movieron del camino central, al final del camino pude ver la figura de una mujer completamente de rojo, con cabellera larga y negra, que caminaba hacia mí. Tardo varios minutos en llegar y todos estábamos en silencio, observándola.  Cuando por fin llegó, se inclinó ante mí y me dijo en español perfecto ― Soy tu prometida de tus otras vidas. Era perfecta, la simetría de su rostro, sus ojos negros, su boca roja, su voz melódica, hasta podía percibir su olor a flores. La anciana me preguntó ― ¿Aceptarás casarte con ella? ― no sé si fue el alcohol, la belleza, el cansancio, la felicidad o la combinación exacta del tiempo y el espacio, pero de mi boca brotó la palabra ― Sí.

La ceremonia fue folklórica. Después la vida con Mitsuko fue deleitosa hasta el día 6. Todos los días la vislumbraba al despertar, su respiración paralizaba la mía, sus miradas detenían el tiempo, sus manos eran suaves como el barro y su sonría irradiaba todo como el sol. Sin embargo, no todo estaba bien, algo me pasaba. Mi felicidad siempre se ponía delante para ocultar que me estaba debilitando, cada mañana tenía menos fuerza y no sabía por qué.

La mañana del sexto día salí a caminar un rato por el pueblo, cuando me encontraba por primera vez lejos de Mitsuko, un agujero se abrió en mi estómago con un vigor tormentoso. Moría de hambre, quería comerme todo, un árbol, la tierra, el pasto, a la gente que pasaba, las nubes, todo me parecía apetitoso. Reparé en un señor que vendía frutas y me acerqué para pedirle una, la mordí y sentí el placentero sabor de la manzana en mi boca, ácido y dulce; se disolvía en mi lengua y resbalaba lentamente a mi estómago.

Me di cuenta que había perdido varios kilos, era obvio que algo malo me estaba ocurriendo. Había algo en ese perverso en el pueblo y en Mitsuko. Tratando de recordar los últimos días, caí en cuenta que no recordaba haber comido nada en absoluto, la última vez había sido en el festival del sol. Quería comer otra manzana, pero no podía seguirlas tomando gratis. No sabía qué hacer. Si regresaba con Mitsuko, quizá volvería olvidar todo. Decidí regresar a casa cuando la luna se mostraba completamente llena en el cielo.

Encontré a Mitsuko en la cocina, al instante me sentí enamorado. La sensación cálida recorrió mis venas y paré junto a la mesa. Indeliberadamente recordé que debía tener hambre, aunque sólo sentía una inmensa sensación de sueño y flotación. Me miré las manos y dije en voz clara ― Yo soy Gerardo Hernández. ¡En ese momento pude ver la realidad! Mis ojos se abrieron con ardor, mi boca se secó de pronto, el hambre combinado con miedo era devastador, mi estómago se hizo trizas, mis dedos temblaron y no pude evitar caer al suelo en mis rodillas. Mitsuko estaba devorando toda la comida, pero tenía una enorme boca en su nuca que era la que comía todo con avidez atroz, de mi cuerpo se debilitaba, como si estuviera consumiendome. Sus cabellos eran como tentáculos negros y horripilantes que tomaban palillos, platos y cuanta cosa estuviera en su camino.

Me puse de pié con toda la energía que me quedaba y comencé a correr. Corrí sin parar hasta que llegué al lugar en donde me había dejado el viejo una semana atrás. Mi corazón acelerado, mi mente volando, mi respiración entrecortada y a lo lejos escuchaba el rumor de una muchedumbre que se acercaba. En el horizonte vi la pequeña balsa, me eché al mar y nadé con todas mis fuerzas, hasta llegar a la balsa del viejo. Subí y me quedé tendido viendo a las estrellas, el viejo no hablaba, seguía remando tranquilamente. ― Gracias ― le dije. El sólo me sonrió.

domingo, julio 08, 2012

Huella religiosa

Caminar por Guanajuato es entrar a un libro de Juan Rulfo. Se puede reconocer al indio mágico con su burrito, al jornalero, al viejo cura que a todos conseja y a la señora devota que va toda cubierta de negro bajo el sol.

Hay templos e iglesias en todas partes, y si uno entra, siempre hay alguien rezando.

Es extraña la sensación. Es la fe pura, sin cuestionamiento y poco entendimiento de sus orígenes.

viernes, julio 06, 2012

Noche sin estrellas

Nuevamente el mismo sueño, una mujer de cabellos ondulados me decía que las cosas no son lo que parecen. No le pude ver su rostro, desperté antes.

Mi corazón latía fuertemente y sentía un agujero en mis entrañas. Bajé el pie izquierdo de la cama y sentí el frío del piso de mi habitación. El ambiente era húmedo, afuera escuchaba la lluvia arrullando las ventanas y banquetas; la lluvia refrescaba al edificio y a los gatos. Parpadeé dos veces porque creí ver algo en la puerta de enfrente de mi cuarto, "quizá el reflejo de tantos espejos que hay en esta casa, quizá mi perro se encuentra dando una ronda nocturna, quizá mi imaginación, quizá los efectos del sueño" - fue como lo justifiqué.

Bajé el otro pie y volví a sentir el frío. Mi respiración era lenta, estaba sudado y me llevé ambas manos al rostro; al fin me decidí a levantarme por un vaso de agua. Eso ayuda mucho, caminar, descubrir que no hay nada más allá, que la mente nos juega trucos y no queremos aceptarlos, "nos gusta tener miedo" - pensé.

Ya erguido volví a ver algo. Mi imaginación nuevamente me quería tener arrinconado, pero ante esas situaciones, siempre hay una parte de mi que goza con el atrevimiento y la valentía, así que caminé al cuarto de enfrente, quizá si cerraba la puerta del cuarto dejaría de pensar más en la mujer de los cabellos ondulados. 

En el pasillo convergen dos imágenes de dos espejos, uno del baño y otro grande en el pasillo. Una extraña elección para mi gusto, porque justo en ese lugar uno se siente atrapado entre varias imágenes de uno mismo yuxtapuestas sin sentido, en el día, pasa desapercibido, pero por la noche, en ese punto se detiene el tiempo, el aire se condensa como si estuviera caminando bajo el mar. Me resultó inevitable echar una mirada a mi alrededor, dentro de las imágenes de los espejos.

Mis manos temblaron un poco cuando nuevamente la vi, fue algo fugaz y una punzada de miedo comenzó desde mi espalda hasta la nuca, desapareció al instante pero sentí el rose de mi perro en mi pierna, que justo pasaba por ahí cuando la extraña imagen había decido rodearme por la espalda. Sentí la pata de mi perro sobre mi pie descalzo y algo estaba mal. Me avisaba de algo, mi perro también lo sabía "las cosas no son lo que parecen" - pensé. En vez de avanzar o retroceder, giré mi cuerpo para volver mi mirada al cuarto que había abandonado hacía unos minutos y pude ver a mi esposa sentada en la cama con la cabeza agachada. El miedo llegó a niveles desproporcionados, sentí que mis piernas se volvían de gelatina, mis brazos flotaban como en aire caliente y mi cabeza sintió un descalabro, como un martillazo que te deja moribundo.

"¿Estas bien amor?" - pregunté con la boca seca, mi voz fue áspera, no denotaba miedo, pero si aprensión. Esperé unos minutos sin obtener respuesta. Tenía que avanzar hacia ella, aunque estuviera prisionero en ese espacio de poder, en ese maldito espacio del terror, donde convergen imágenes extrañas, donde el universo se achica entre dos espejos. Moví ligeramente mi pie y ella levantó la cara. Horror. Mi perro lloró quejoso, mis manos sudadas se abrieron en un espasmo, mientras lanzaba mi cuerpo hacia atrás en un brinco de terror, mi estomago estaba a punto de vomitar miedo y mis ojos estaban completamente abiertos, intentando entender lo que veían.

Mi esposa, tenía su cabello ondulado en vez de lacio, su postura era recta como de extrema concentración, pero donde debía estar su cara, no había rostro. No tenía ojos, no tenía nariz, no tenía boca, sólo una figura sin nada, sin pasión, sin sentimientos, era la frialdad de la nada. No era algo borroso, era algo nítido, pero sin expresión, ver su cara sin rostro, daba la sensación de estar perdido en el limbo, de flotar sin gravedad, de no tener tiempo, de no tener fin, era una sensación de no ser. Sentí que me iba a desmayar ante tan abominable juego del destino, me senté en el piso al ver que ella se levantaba y se dirigía hacia a mi y en todo lo que pasó después, nunca dejé de pensar "nada es lo que parece".


Basado en "El Noppera-bō y la charca de koi"

lunes, julio 02, 2012